N° de Edición 6465
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“Te voy a dejar en una villa para que te violen todos”

“Te voy a dejar en una villa para que te violen todos”. Fuente: Verne-El País.

Cuando Julieta López tenía 18 años, recorriendo los bares de Buenos Aires conoció a una banda de rock y tiempo después inicio un vínculo amoroso con “la joyita de la banda” como lo denominaban los amigos. La relación -que duró cinco años- estuvo cargada de insultos, golpes, humillación e incluso hasta dos abortos que hasta el día de hoy a ella se le hace imposible superar.

Por Mailén Britos

britoscostamailen@gmail.com

Twitter: @mailenbritosC

La diferencia de edad entre ellos era de 14 años, Julieta recién estaba por terminar el colegio y Gastón ya tenía dos hijos con diferentes mujeres. El destino los cruzó en un bar y luego de un tiempo, afianzaron su noviazgo. Pero la pesadilla llegó un año después cuando Julieta descubrió una infidelidad y la mano de él impactó en el cachete de ella con una fuerza inexplicable.

“Yo nunca revisaba el celular de él, pero un día se me dio por agarrarlo y leí un mensaje que decía te amo dirigido a un número desconocido. Le pedí que se fuera de mi casa, lo eché, le di toda su ropa, pero ahí me pegó el primer bife y no paró nunca más”, contando esa experiencia abrió el diálogo exclusivo Julieta López con Diario NCO

Al tiempo, le perdonó su infidelidad porque le jugó con la psicología inversa. Le dijo que “él le decía te amo a su amiga, como ella a sus amigos” y Julieta cayó en la trampa de nuevo, sin saber que todo lo que venía después iba a ser un calvario del que le iba a costar encontrar la salida.

Ella sentía nervios por todo. Si le llegaba un mensaje de un número desconocido, temblaba por miedo a que él se enoje. Si veía una llamada perdida de él, sudaba porque sabía lo que venía después. Si cruzaba palabras con alguien que el desconocía, ella rezaba para que Gastón no la viera. Si él le pedía algo, Julieta tenía que cuidar el modo en que le respondía porque si no como castigo venía “el cachetazo”.

La frase “inútil, no servís para nada” era clásica. Al principio se lo decía de forma esporádica pero luego comenzó a reemplazar el “hola”. La psiquis de Julieta estaba basteardada, la única información que entraba en su cabeza era el glosario de palabras denigrantes que su novio le repetía segundo a segundo por algún error de ella, porque obvio, él no tenía errores.

“Una tarde, yo tenía que estudiar porque al otro día rendía biología y si la daba bien, terminaba el secundario acelerado que estaba haciendo. A él se le ocurrió que no estudie en mi casa, sino en la suya así que fuimos para allá. Se me hacía imposible poder leer y ya me estaba de mal humor, de repente me pide algo y se ve que le molestó como le respondí porque me pegó un cachetazo al cual yo no respondí porque ya naturalizaba esa violencia”, continuó López.

Ella creía que cuando le pegaba, Gastón se calmaba y la historia terminaba. Subió a su pieza, se acostó a dormir y al otro día se cambió mientras repasaba los contenidos para rendir el examen que la llevaba a su graduación escolar. Cuando Julieta se quiso ir, su novio se levantó y la empezó agarró de los pelos arrastrándola por todo el piso, mientras que su otra mano en forma de puño impactaba en todo el cuerpo de ella.

“Le pedía por favor que me deje ir a rendir y no quería, no me daba la llave de la casa para salir y me decía que no me iba a ir mientras me pegaba. Él sabía dónde pegarme para que no se me vean las marcas, pero me daba piñas acompañadas de insultos. Después de toda su descarga, me abrió la puerta y me pude ir”, señaló.

Otra vez, pensó su ira ya se había calmado y se relajó un poco. Julieta rindió bien y quedó en ir a cenar con sus compañeros de curso esa misma noche para festejar la graduación de todos. En el medio de la cena, el celular empezó a sonar y las letras que aparecían en la pantalla armaban el nombre de Gastón, pero en ese momento se quedó sin batería y ni siquiera llegó a contestar.

Ya se empezó a sentir incómoda, sabía que el precio que debía pagar por no responder esa llamada iba a ser muy caro. Le iba a costar un derroche de insultos por parte de su novio, acompañado de algún cachetazo, tironeada de pelo o alguna piña y un “perdón” de ella. Pero nunca, se imaginó que esa noche iba a sentir el miedo de cerca.

“Cuando llegué a casa, prendí el celular y le avisé que había llegado bien. No sé como hizo, pero en cuestión de minutos se vino desde La Matanza hasta mi casa que quedaba en Caballito a buscarme. Yo bajé con todas mis cosas, me subí al auto y no terminé de cerrar la puerta que me comí un cachetazo, creo que todavía me sigue girando la cabeza por la fuerza con la que me pegó y ahí empezaron todos los insultos”, confesó López.

La irá no terminó con el cachetazo y el insulto. Posterior a eso, mientras Gastón manejaba vino una tirada de pelos y el impacto de la cara de Julieta contra la guantera, que no fue solo una vez, sino que dicha acción se repitió durante varios minutos hasta que el decidió cortar los insultos. Entre tanta violencia, ella ya no escuchaba ni sentía, su cerebro estaba bloqueado y su cara era una piedra.

Pero cuando entró en razón, reconoció la frase que el soltó de su boca en forma de venganza: “Ahora, por no atenderme el teléfono te voy a dejar en una villa sin plata, para que todos te violen y no te puedas volver”. Julieta levantó la cabeza y vio que el auto se movía en dirección al Bajo Flores, y ella entró en un momento de desesperación.

“Empecé a las piñas, a rasguñarlo porque yo veía que me llevaba a la villa. Yo no tenía plata ni nada, yo no trabajaba porque recién había terminado el colegio. La situación se volvió muy violenta, nos estábamos pegando mientras el manejaba, se me ocurrió agarrar las llaves y frenar el auto”, explicó.

“Perdoname” fue la frase que resonó en el corto espacio que separaba los cuerpos de ellos dos. El pedido de disculpas salió de la boca de Julieta, que bajo la desesperación y desolación, admitía su error y de forma inmediata, llenaba de tranquilidad y satisfacción todo el cuerpo de su monstruo, Gastón.

“Después de eso la relación siguió igual, el me insultaba y después me pegaba. Yo ya lo había naturalizado, y sentía que eso lo dejaba tranquilo, cuando ya tenía una mejilla roja yo ponía la otra y así todo el tiempo. Un día, mientras me insultaba me tiraba cenizas de cigarrillo en la cabeza. Yo no podía hacer nada y encima estaba alejada de todo el mundo”, manifestó Julieta López.

Un momento de desesperación

Julieta ya estaba acostumbrada a vivir así: a que el cuerpo le duela todo el tiempo, la mejilla esté roja, los días sean grises y el corazón, una piedra. Pero el momento cúlmine, de desesperación llegó cuando se hizo un evatest y las dos rayitas aparecían con fuerza en el palito que ella tenía en la mano.

“Yo me cuidaba con pastillas, nunca dejé de tomarlas ni me olvidé. Él no se cuidaba, pero a mí nunca me dejaron de funcionar, cuando vi el evatest positivo no entendía que estaba pasando, además yo tenía todos los síntomas de que me iba a venir”, expresó.

Entre tanta desesperación, lo llamó y le dio la noticia. Él ya se lo imaginaba y consiguió el contacto de una “socorrista” por si Julieta decidía no tenerlo. Las veces que ellos hablaron de la situación que estaban atravesando, Gastón le decía que la decisión era de ella y le dejaba entrever sus pocas ganas de hacerse cargo de un tercer hijo.

“No podía tener un bebé en ese momento, no tenía trabajo y tampoco una relación sana y estable. Gastón consiguió el número de una enfermera, me encontré con ella en Flores y me explicó cuál era el procedimiento con las pastillas. Me dijo que vaya controlando la situación y que cualquier cosa la llame”, continuó.

Julieta llegó a la casa y realizó el procedimiento: pastillas vía oral y vía vaginal y resolvía el tema. Empezaron los sangrados, pero eran leves y no coincidían con lo que la socorrista le había descripto. Se encontró de nuevo con ella para que le dé más pastillas y volver a realizar el procedimiento. Llegó a su casa, y de nuevo lo mismo.

“Ahí empecé a sentir dolores muy fuertes en la panza, como si fuesen cólicos. Fui al hospital y me dijeron que estaba teniendo un aborto espontáneo, si se dieron cuenta o no, no lo sé. Solo me dieron buscapina y me mandaron a mi casa. Esa misma noche, me levanté con un dolor muy fuerte, fui al baño y cuando miré el inodoro había expulsado al bebé. Fue muy fuerte”, relató Julieta López.

El tiempo pasó. Los insultos siguieron, los golpes también, y la compra de las pastillas que provocaron el aborto fueron echados en cara acompañados de algún que otro golpe en la cara o -si el decidía cambiar el estilo-, directo al torso. Pero a todo eso, se le sumó el acceso a relaciones sexuales forzadas para que él no se enoje.

“Obviamente que yo tenía que tener relaciones con él, porque si no se pudría todo. También, yo era la única que se cuidaba porque Gastón ni pensado que lo haga. Un día, tuve que tomar antibióticos y nadie me avisó que eso me inhibía el efecto de las pastillas, y ahí vino de nuevo lo peor: estaba embarazada por segunda vez”, comentó entre la bronca López.

La situación esta vez era un poco diferente: Julieta recién empezaba a trabajar en un lugar bastante serio, con un buen sueldo pero era monotributista. Cuando se enteró la noticia, se encontró con él y de nuevo la discusión y los golpes en la calle. “Hasta la noticia más linda me la das de una forma pésima” le escupía él.

Julieta agarró el teléfono, marcó el número de la socorrista y realizó el mismo procedimiento. Esta vez fue menos doloroso -en cuanto a lo corporal- y más rápido el procedimiento. Julieta ya había atravesado las tormentas más dolorosas de su vida, y ya no le temía a nada, el garrote que tenía como corazón le garantizaba en algún punto la valentía que necesitaba para terminar esa relación.

Y así fue. Lo llamó, lo citó en un bar y cortó la relación, para siempre. Los días siguientes recibía emails de él, mensajes de textos, llamadas, amenazas de muerte e incluso la llegaba a perseguir. Pero ese hombre que la rebajó hasta convertirla en esa mujer vulnerable había logrado que tomé fuerza y se haga enorme y ya no le tenga miedo a nada.

“Me da bronca cuando dicen que cerremos las piernas o nos cuidemos si no queremos un hijo. Porque yo tomé todos los recaudos posibles y quedé embarazada igual, sin saber un montón de cosas de la sexualidad porque nadie me las enseñó, aparte muchas veces fui obligada a tener sexo. Abortar no es como ir a comprar una remera, es muy doloroso y sobre todo cuando estás sola”, confesó con valentía.

En la misma línea, a modo de reflexión, confesó que ella tuvo suerte en todos los sentidos. Sus dos abortos no le provocaron consecuencias muy grandes como la muerte -pero si un principio de HPV- y su relación violenta no terminó con la foto de ella en alguna pancarta levantada por su familia y en el dolor que presentan las lágrimas de una madre.

Julieta ahora tiene todo lo que deseó: es mamá de una bebé de 10 meses y tiene una hija del corazón que vive con ella y su marido. Pero su último deseo, es que no haya más mujeres que vivan situaciones tan violentas y que no se mueran en la clandestinidad. Por eso, su pedido es que el aborto sea seguro, legal y gratuito.

 

 

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